Los bebés del Pacífico Oriental

(Tribuna Universitaria, 10Nov2003)(En algunas islas de Australasia es costumbre que los recién nacidos descansen en hamacas de tela sujetas a un par de palmeras y durante horas sean balanceados. Ese hábito adquirido al principio de la vida hace que no tengan miedo ni se mareen cuando, de niños y luego de adultos, pasen la mayor parte del tiempo subidos en canoas de mimbre buscando en mar abierto capturar peces para sobrevivir)
Los bebés del Pacífico Oriental despiertan sin llorar mecidos por una madre cabello astrágalo que los mira desde ojos profundos. Toman con tres deditos los bordes de la hamaca preparatoria y asoman su niñez por encima de un mundo sólo compuesto de verde arena y amarillo coco. Cuando su pequeña curiosidad se cansa del horizonte preñado de azules sin venas ni semillas, sin rascacielos y sin guitarras, se dejan caer aún somnolientos para ser acariciados por el aletargado ir y venir del tiempo en sus cuerpos tiernamente soleados. Así será hasta que lleven el vaivén que será su vida enraizado en la sangre color avellana madura. Entonces una mañana pecosa y rutilante serán llevados por un mar con cara de padre que les acompañará hasta el día en que la muerte les lleve a todas las costas que nunca visitaron (en las playas esperan los ángeles/un avión de pasajeros, decían aquellos dos versos tuyos sin recordarles). Entretanto irán olvidando las alboradas, las palmeras con el pelo sin arreglar, los granos de arena rebosando de los ojos de tanto reír y tantas auroras boreales. Entretanto acogerán en el estómago un cosquilleo vertical añadido a la sal en las heridas, a la lejanía en la mirada y a la espuma en los brazos que forma escamas más allá del siguiente atolón. Habrá días de tormenta en los que esperarán recogidos de las olas a que sus dioses particulares les concedan el regalo de seguir navegando, como habrá noches desafinadas con la luna en el lecho acechando el corazón encogido de inviernos. Pero también habrá tardes de fiesta y del milagro del fuego y de peces gordos con lomos bronceados en los que celebrar la llegada de más bebés del Pacífico Oriental.
Cuando despierten hoy no pensarán en todo esto con el mundo demasiado lejos como para ser verdad. Y aún menos pensarán en llorar. Nunca lo harán mientras su minúscula isla sea un inmenso carrusel en el que jugar a ser feliz sin tener que encender la luz.

Comentarios

adictaacruzarenrojo ha dicho que…
Mimimi...

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